La muerte vino a verme

La muerte vino a verme,
pero no la reconocí.
¿Cómo podría? Nunca la había visto.


La muerte estuvo aquí,
a mi lado, sonriente y locuaz.
Me habló de todo lo bueno que conocía.


La muerte se mostró fría,
pero yo tenía una manta
y no me asustó su gélida presencia.


La muerte me habló de mí
y yo la escuché con atención.
Me halagó que supiera tanto.


La muerte dejó de hablar
y me miró fijamente.
Yo no supe que decir.


Mi ignorancia era tan sincera
que la muerte se fue sin despedirse.
Me pareció que sonreía.


Hoy, muchos años después,
ha vuelto, y la he reconocido.
Ven conmigo, me dice, te va a gustar.

A %d blogueros les gusta esto: